Observo mis pies desnudos. Pálidos, con dedos huesudos y uñas menudas. Mis manos también pálidas y con dedos delgados. Un poco más acá el reflejo de mi pecho sobre la superficie espejada se me asemeja más a un perchero que a una forma más femenina. Más abajo las costillas se hacen presentas con sus marcas en mi pellejo. En mi rostro, mi nariz que cada día parece distanciarse más de mi y hacerse aventurera independiente, para dejar libre luz a mis labios macilentos de risa cada vez más dificultosa.
Mis orejas corrientes con esos aros eternos que ninguna gracia tienen, pero tanto me gustan, en línea los ojos de mi madre, esa mirada que no quiero porque es de ella.
La recuerdo de cejas despobladas, casi dibujadas y sus ojos grandes de un color por ausentarse. Siempre leyendo libros que absolutamente distantes a mi comprensión cándida, haciendo apuntes con ese cigarro que largamente absorbía un par de veces para luego dejarlo ambientar el cuarto con su característico olor. La escena me transmitía serenidad, me gustaba otearla tan absorta pero siempre presta si por accidente, o verdadera necesidad de atención, solía romper mi quietud.
Subconscientemente quiero ser ella, pero creo no dar la talla.
Mis orejas corrientes con esos aros eternos que ninguna gracia tienen, pero tanto me gustan, en línea los ojos de mi madre, esa mirada que no quiero porque es de ella.
La recuerdo de cejas despobladas, casi dibujadas y sus ojos grandes de un color por ausentarse. Siempre leyendo libros que absolutamente distantes a mi comprensión cándida, haciendo apuntes con ese cigarro que largamente absorbía un par de veces para luego dejarlo ambientar el cuarto con su característico olor. La escena me transmitía serenidad, me gustaba otearla tan absorta pero siempre presta si por accidente, o verdadera necesidad de atención, solía romper mi quietud.
Subconscientemente quiero ser ella, pero creo no dar la talla.
